miércoles, 10 de diciembre de 2014

El texto fotográfico

   Cada tarde se sentaba junto a la ventana, en su mecedora, mirando a las montañas. Acercaba uno de sus libros favoritos y comenzaba a leer. En su habitación, rodeada de libros, de muebles, de colores, de sonidos, de materias, volaba hasta las páginas del libro, mucho más lejos de lo que cualquier mente es capaz de imaginar. Y allí, rodeada de lugares, personajes, situaciones, problemas, sentimientos... inconcebibles por la razón humana, se olvidaba de todo y se dejaba llevar. 

   Sin embargo, viajara a donde viajase, él siempre estaba allí, de pie, mirándola, sin decir nada, sin apartar la vista, sin dejar de observar. Ella, feliz, le dejaba estar. Y continuaba leyendo, viajando, soñando, conociendo, experimentando, creando... millares de mundos que él nunca supo entender. 

  Cuando la historia llegaba a su fin y su mundo se esfumaba junto a él, ella abría los ojos, volaba hasta su habitación, y contemplaba la rosa que él le regaló pensando en sorprenderla. Tras el adiós, ella decidió guardar su último recuerdo lo más cerca posible al mundo donde él viviría para ella hasta que sus mundos dejasen de existir. 





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